lunes, 5 de septiembre de 2016

¿POR DÓNDE?


       Siga en línea recta. Cuando llegue al primer cruce de caminos coja el primero a la izquierda y siga caminando sin prestar demasiada atención a una serie de imbéciles que tratará de hacerle perder el juicio a base de proclamas incendiarias. Tuerza entonces a la derecha hasta haber comprobado que se trata de un sendero viejo y oscuro, peor acaso que el anterior. Gire, vuelva sobre sus pasos cuantas veces desee, y cuando haya encontrado algún paraje digno de contemplación y alabanza recuerde que, por absurdo que parezca, debe usted continuar la marcha sin mirar atrás. No se deje confundir con espejismos, nunca deje de caminar. Dedíquese tan sólo a esquivar aglomeraciones, a buscar individuos –que haberlos haylos– entre la muchedumbre; evite compadecerse, pues la mayoría se halla tan confusa como usted. Si se dieran las condiciones adecuadas, entable diálogo con alguien –amistad incluso–, preste atención a ideas más inteligentes, más audaces que las suyas propias. No se prive de frecuentar avenidas secundarias, carreteras perdidas u olvidadas, poco y mal señalizadas, y (esto no es precisamente lo más fácil) haga cuanto esté en su mano por rodearse de personas mejores, más sabias que usted: ahí está la clave. De este modo, cuando a alguien le llegue el turno de preguntarle a usted lo mismo, siempre podrá contestar “No lo sé”, que es –además del consabido “Siga en línea recta”– la única respuesta válida en este extraño laberinto sin salida.

lunes, 29 de agosto de 2016

NOS QUEREMOS


       Cuando me dice que me quiere tengo serias dudas, no sobre la sinceridad de sus palabras (siempre cálidas, firmes), sino sobre la naturaleza de sus intenciones: ¿para qué me quiere? ¿Para pasear por el parque o para hablar de literatura? ¿Para tener relaciones sexuales o solamente para admirarme en silencio? ¿Quizás para que la admire yo a ella? ¿Me quiere para ella sola o me quiere compartido? ¿Quiere ella compartirse? ¿Qué quiere exactamente de mí? Cuando dice “te quiero” eso es todo lo que tengo, una afirmación plurívoca seguida de un millar de interrogantes que se niegan a desvelar la amplitud o la pequeñez del mensaje, sus implicaciones últimas. Y entonces contesto “te quiero” casi como si al decirlo yo el asunto quedara claro, la relación definitivamente afianzada, cuando lo cierto es que no nos estamos diciendo la misma cosa o, en cualquier caso, sólo una misma cosa distinta de la otra. Pero lo más curioso del problema es que a ninguno de los dos nos importa demasiado qué puedan ser esas cosas tan distintas, sus razones y las mías, porque llegados a este punto ya nos hemos dicho que nos queremos y aclararlo todo, aunque útil, resultaría fatigoso y poco romántico.

lunes, 22 de agosto de 2016

SUPERSTICIÓN


       Ella entorna los párpados cuando intuye que algo va a salir mal. Lo hace desde siempre, que yo sepa; al menos desde que la conozco. Entorna los párpados y arruga un poco la nariz, como si fuese a estornudar. No me gustó ver ese gesto en nuestra noche de bodas, un gesto que suele ser premonitorio aunque no por ello inmediato, pues la distancia temporal que media entre los párpados entornados y el algo que sale mal se estira normalmente hasta límites insospechados, impregnándolo todo con un aire de inminencia postergada. Así que no sabes si vas a resbalar en la bañera el año que viene, si van a matar a tiros a tu madre la próxima semana, o si a ella le va a dar por abandonarte la mañana siguiente. No se sabe qué, y lo peor no es eso, lo peor es que no se sabe cuándo. Ahí estaba yo, poniéndome en lo peor, que se jodía el matrimonio, que esta cabrona se echaba atrás o algo. No jodas, cari, le digo, y ella que me dice no hago nada, no entorno los párpados, no arrugo la nariz, son cosas tuyas. Y yo que le digo que la he visto, y ella que no, que de eso nada, ya ve usted, la muy puta, jodiendo nuestro matrimonio desde la primera noche, que prácticamente me forzó a abandonar la suite nupcial y ahora se atreve a protestar porque solicito la separación de bienes.

lunes, 15 de agosto de 2016

DRAGONES


       Entonces nos dio por criar dragones, una actividad excéntrica, sí, pero también gratificante y, por qué no decirlo, tan absurda como cualquier otra. El tema empezó a írsenos de las manos con la especulación; ya se sabe, la venta de huevos, que eso todavía no es un dragón ni es nada, pero había mucha gente dispuesta, no sólo a pagar por ellos, sino incluso por los que todavía no eran más que huevos previstos, huevos posibles únicamente en las calculadoras, cuando todo el mundo hacía cuentas con precios, plazos e intereses. El género, mientras tanto, más bien tirando a flojo. Y manga ancha en lo que venía siendo el control sanitario. Había dragones cuyo hálito apenas daba para encender un cigarrillo, dragones deformes, de escamas quebradas, enfermos crónicos… fíjese que algunos ni volaban, pero –uno ya no sabía qué pensar– el negocio seguía tirando, la gente acumulando en los establos huevos de dragón caducados o de pésima calidad, rocas inservibles que jamás eclosionarían. Le juro por lo más sagrado que los dragones dejaron de verse en cuestión de meses y nunca más se supo; nadie montaba a dragón, ni un mísero dragón salvaje en los campos, decían que se los habían llevado los magnates rusos. Y yo empecé a preguntarme si no sería mejor así, porque nunca he acabado de entender para qué sirve exactamente un dragón, porque los dragones son una cosa de tener en una cueva, en una gruta o en las catacumbas de un castillo, aunque esto no lo pudiera uno decir en voz alta, que luego iban y te acusaban de aguafiestas y te negaban el olfato empresarial en este pueblo de ignorantes.
       Ahora estamos con la cría de caballeros y princesas, que tampoco sirven para mucho pero se van vendiendo bastante bien. Aunque nada que ver con el boom de los dragones, que eso fue digno de contárselo a los nietos.

lunes, 8 de agosto de 2016

LA VERDADERA


       Tendría que haber estado allí, me digo, cuando el padre de Martín murió. Siempre he esquivado los velatorios, los funerales y los entierros, los pésames y los chistes más graciosos. Tenía miedo; fui un cobarde. Imaginaba a mi amigo cabizbajo y compungido, los hombros llenos de manos muertas, tiernamente estrujados. Cuentan que, de camino al cementerio, flanqueado por una legión de familiares, Martín se desmayó frente al tenderete de flores de una gitana. Después le compró un ramo y quizás también me echó de menos, justo en aquel momento, o eso me gusta pensar. Quizá se cagó, ya frente a la tumba de su padre, en todos mis muertos, uno por uno, regodeándose; quizás en parte de mis vivos, en los vivos que se mueren, en la gravilla del cementerio, en todo lo cagable. Por qué no estuve allí, me digo.
       Te odié por aquello, me dijo Martín por teléfono hace tan sólo unos días. Te odié de pura envidia, porque nadie debería tener que acompañar a un amigo al cementerio. Te odié en silencio, con una tenacidad constante, entre lápidas y trajes negros. No ha venido, me dije, y hasta tenía ganas de sonreír. Y te quise, te quise tanto que te odiaba. ¿Te acuerdas de aquella vez?, me decía, ¿te acuerdas de cuando juramos no volver a pisar un cementerio? Volvíamos del entierro de Parra. Hablabas de la muerte, del duelo como proceso mental, de la pérdida, de la nada. Cosas tuyas de filósofo. Y a mí me dabas el coñazo porque sabes que soy el único que te lo consiente, pero se me quedó grabado aquello de no volver a un cementerio. Sabía ¿me oyes?, sabía que lo decías en serio. Y te admiré, te envidié, te quise. Sabía que serías capaz. Lo supe. Eres un cabrón, me dijo Martín, te eché de menos. 
       Y colgó el teléfono de repente; sin despedirse, seguramente sonriendo y negándome el turno para tratar de contarle la verdad, lo que yo creo que es verdad, aunque ahora tenga ciertas reservas: que no recordaba aquella promesa, que yo no había estado en el entierro de Parra, que en definitiva soy un cobarde, que lo siento y que lo quiero, y que además soy yo el que lo envidia; quisiera decirle, Martín, te envidio, porque de entre todas las sutiles invenciones que entre los dos hemos ido ideando para salvar nuestra desatenta e inconstante amistad, a lo largo de todos estos años, esta de la promesa inexistente me parece sin duda la más entrañable, la más difícil, la menos previsible, la que nos justifica a ambos, la verdadera. Y tendría que haber estado allí, Martín, allí contigo, lo sé y lo siento, cuando murió tu padre, pagando las flores a aquella gitana, de camino al cementerio, como todos los demás, ahora lo entiendo, tan sólo asiendo tu hombro huérfano con mi mano muerta.

lunes, 1 de agosto de 2016

BOTE DE LUZ


       Ese haz de luz que se difumina en el horizonte, como un bote fluorescente que naufraga, esa luz es mi casa. No sabría explicar por qué es mi casa, pero sé que lo es y basta. Mis hermanos siguen creyendo que si me han internado en este sitio tan blanco y tan horrible es precisamente a causa del bote de luz, pero nunca fueron muy inteligentes mis hermanos, gente gris, no son muy listos, no. Dicen “no”, dicen “no hay luz, Roberto, son cosas tuyas”. Imaginarias, dicen. Porque imagino, por eso me encierran. Porque no les gusta que imagine. Papá también imaginaba, pero a él no lo encerraron. Cambiaba bombillas de sitio, un hombre entrañable. Yo lo quería. Y sé que en esa casa de luz, la que ahora no quieren que yo vea, aguarda el Viejo con una sonrisa de oreja a oreja, ordenando bombillas, cambiándolas de sitio. Ahora entra mi madre, “¿Roberto? ¿Estás bien, Roberto?”, mi madre que sí entiende de luces, pero no tanto de locura. Y yo le digo, mamá, le digo, papá nos está llamando, fíjate, allá, al fondo, papá ha encendido todas las bombillas para nosotros. Sonrío. Y mi madre, quizás asustada, quizás para darnos la razón, deja escapar de sus ojos un par de lágrimas cansadas.

lunes, 25 de julio de 2016

LA IMPOSIBILIDAD LÓGICA


       Ese hombre que se resguarda de la lluvia bajo los soportales de la estación ferroviaria tiene al menos tres razones para asesinar a su hermano mayor. La primera, de corte económico, alude a una serie de turbios desmanes que en los últimos años provocaron la ruina de aquél a manos de éste. La segunda, de orden moral, se remonta a la adolescencia de ambos y está relacionada con el juicio (erróneo) de que un objeto de deseo (animado) es algo susceptible de ser “robado”. La tercera, de carácter estético –y, por tanto, verdaderamente definitiva–, tiene su razón de ser en la indiscutible belleza física del asesinado potencial, fuente inagotable de complejos para un hermano menor que podríamos calificar, sin caer en la exageración, de contrahecho. Estas tres razones, que nosotros podemos permitirnos el lujo de enumerar, en calidad de observadores externos, no son para ese hombre más que una confusa intuición, una indiferenciada nebulosa de rabia que, pudiendo desatarse en cualquier momento, finalmente no lo hace. Y es que mientras él permanezca refractario a desentrañar, análisis racional mediante, las razones objetivas que acaso tenga para acabar con la vida de su hermano mayor, el salto del “analizar” al “pensar”, del “pensar” al “decidir” y del “decidir” al “actuar” estará abocado a una rigurosa imposibilidad lógica. Quizás es por eso que ese hombre que ahora abandona el resguardo de los soportales de la estación ferroviaria se dirige tranquilo, despreocupado y, en definitiva, dueño de sí, a la casa de sus padres, donde compartirá mesa, comida y charla dominical con un hermano al que sabe que no podrá asesinar hasta haber comprendido, no ya que tiene buenas razones para hacerlo, sino además qué razones y de qué tipo exactamente. “Es mejor así”, repite para sus adentros, y negándose a razonar –“por el bien de todos”, sentencia– sigue caminando bajo un aguacero que tampoco comprende.
       Mientras tanto, yo espero a ese hombre en la esquina de Avenida Restauración con Calle Princesa para, con el pretexto de acompañarlo, hacerle recapacitar sobre dos o tres asuntos que juzgo dignos de su interés.

lunes, 18 de julio de 2016

EL ÁRBOL DE LOS DÁTILES


       Tenemos el árbol de los dátiles, que es después de todo nuestro único sustento. Peleo lo riega, Anisia lo poda, Elena lo abona, Marcos recoge los frutos y yo los reparto. Así vivimos. Pero, usted sabe, nosotros también oímos historias; nos llegan del otro lado del río y hablan de fantasías remotas: de animales y de carreteras, de cafeteras y de trenes. De forasteros. A veces pensamos en la vida de esas otras personas y, en el silencio de la noche, recluidos ya en nuestras solitarias casas, nos preguntamos con una curiosidad intensísima qué harán allá, qué juegos habrán inventado, qué cosas les distraen del suicidio, del tedio. Y sentimos una lástima infinita, porque, usted sabe, lo que sabemos con total certeza, gracias a nuestros antepasados exploradores, es que al otro lado del río tienen muchas cosas extrañas, tienen norias y ceniceros, pero sufren igual que aquí y también el aburrimiento los alcanza. ¿Cómo dice? Sí, claro que la desgracia, en cierto modo, nos hermana a todos. Pero fíjese que esos pobres diablos tienen que soportar, además, una vida sin Peleo, sin Anisia, sin Elena, sin Marcos, y aun sin el árbol de los dátiles, del que –por descabellado que parezca– ni siquiera han oído hablar.

lunes, 11 de julio de 2016

LAS VERDADES PEQUEÑAS


       …O inaugurar un depósito de Verdades Pequeñas, donde uno pueda decir “verde” o “estrógeno”, y otro demostrar ortodoxias atenuadas, y ambos compartir sus hallazgos diminutos sin pensar nunca más en Verdades Grandes; un salón de reuniones, una cafetería, quizás una mesa de billar; discusiones cordiales, de andar por casa, y al final de la jornada tarta Selva Negra para todos. ¿Y si a alguien se le ocurre decir “eso no es cierto”? pues se le quiere, se le comprende, se le perdona. Lo importante es que el depósito siga funcionando, que el conocimiento fluya hasta estancarse. Cuando la masa de Verdades Pequeñas adquiera uniformidad y consistencia, ¿qué haremos entonces? Pregúntese mejor qué harán las Verdades Pequeñas. Porque si en ese momento deciden confabularse para dar lugar a la Gran Verdad –que es algo mucho más impredecible que una mera Verdad Grande– no resulta difícil imaginar el surgimiento de una anarquía férrea, o de una dictadura flexible (quién sabe si algo peor), en cuyo caso el color verde pasará a ser solamente verde y a ningún integrante de la organización se le pasará ya por la cabeza la posibilidad de relacionarlo con los estrógenos, con las galletas o con la libertad. El riesgo es obvio.
       Es por ello que nosotros abogamos por un sistema inicial de compartimentos estancos a fin de prevenir el desastre. En cualquier caso, no más de tres Verdades Pequeñas en un mismo cajón. Y siempre vigiladas. Siempre.

lunes, 4 de julio de 2016

FUMAR, POR EJEMPLO


       El sentimiento de culpa cumple un papel importante cuando uno empieza a fumar: generalmente se hace a escondidas y el escaso placer que proporciona está todavía teñido de una prohibición implícita y de una distorsión mal disimulada del concepto de libertad. Fumar, por el contrario –esto lo sabremos más tarde–, esclaviza nuestro cuerpo y nuestra mente, nos aleja de los héroes y nos emparenta con los villanos. Pero encontraremos precisamente en esta poética del villano –la que no buscábamos, la que no esperábamos, la que ni siquiera sabíamos que existía– una de las razones primordiales para seguir fumando. Porque si fumar esclaviza, la esclavitud no es muy diferente de un poema trágico: muy pronto no sabremos vivir de otra manera, siempre a merced de nuestro hábito, de nuestros “lo dejo cuando quiera”, recordando a duras penas cómo era la vida (feliz, radiante, inmaculada) antes de fumar, antes de la irrupción del destino, antes de Aquiles. Así, el sentimiento de culpa desemboca en un lago de pura necesidad. El fumar se convierte en una carga inexorable que, sin embargo, configura nuestro “yo” real o ficticio, y ya sólo se trata de llevarlos (la carga, el “yo”) con un mínimo de dignidad.
       Rehágase este relato cambiando el verbo “fumar” por el verbo “escribir”, por el verbo “amar” o por cualquier otro verbo mayor.