lunes, 18 de julio de 2016

EL ÁRBOL DE LOS DÁTILES


       Tenemos el árbol de los dátiles, que es después de todo nuestro único sustento. Peleo lo riega, Anisia lo poda, Elena lo abona, Marcos recoge los frutos y yo los reparto. Así vivimos. Pero, usted sabe, nosotros también oímos historias; nos llegan del otro lado del río y hablan de fantasías remotas: de animales y de carreteras, de cafeteras y de trenes. De forasteros. A veces pensamos en la vida de esas otras personas y, en el silencio de la noche, recluidos ya en nuestras solitarias casas, nos preguntamos con una curiosidad intensísima qué harán allá, qué juegos habrán inventado, qué cosas les distraen del suicidio, del tedio. Y sentimos una lástima infinita, porque, usted sabe, lo que sabemos con total certeza, gracias a nuestros antepasados exploradores, es que al otro lado del río tienen muchas cosas extrañas, tienen norias y ceniceros, pero sufren igual que aquí y también el aburrimiento los alcanza. ¿Cómo dice? Sí, claro que la desgracia, en cierto modo, nos hermana a todos. Pero fíjese que esos pobres diablos tienen que soportar, además, una vida sin Peleo, sin Anisia, sin Elena, sin Marcos, y aun sin el árbol de los dátiles, del que –por descabellado que parezca– ni siquiera han oído hablar.