Entre
relato y relato a veces toca lanzarse a la vida, esa sucesión de incógnitas
grotescas (vecinos, supermercados, viandantes, semáforos) que algunos
incomprensiblemente prefieren al mundo de las palabras –mucho mejor ordenado y,
sin lugar a dudas, más cabal–; quizás menos real, pero sí más verdadero. Pocos
entienden que la Realidad y la Verdad son dos ámbitos no ya enemistados, sino
simplemente antitéticos: Verdad es el Quijote, mientras que Realidad es la
Inquisición Española; Verdad es el Comunismo, Realidad es el Gulag; Verdad es
Europa, Realidad es el Eurogrupo; Verdad es belleza, Realidad es aproximación;
Verdad es lo que usted querría ser, Realidad es usted a secas. Y no sé usted,
pero yo así, a secas, pierdo mucho. Sin embargo cuando me siento y escribo, por
ejemplo, “Soy un ser humano”, descubro que sobre el papel no soy menos humano
de lo que fue Shakespeare, si alguna vez se sentó a escribir lo mismo.
Pensándolo mejor, olviden el condicional: Lo real y el papel (o la pantalla) se
repelen mutuamente. Como el despertador del lunes y el recuerdo de las
carcajadas del sábado.
lunes, 22 de abril de 2013
miércoles, 17 de abril de 2013
QUIÉN ME LO IBA A DECIR
Escarbar
en las mesas de novedades literarias se está convirtiendo en un deporte de alto
riesgo. Entre infinitas sombras de Grey, mala novela policíaca y demás
oportunismos editoriales, uno termina casi siempre refugiándose en las
estanterías polvorientas de las secciones menos transitadas, a la búsqueda, por
ejemplo, de alguna reedición interesante que venga a redimir la fealdad del
conjunto. Pero buscar no siempre es encontrar –salvo honrosas excepciones,
claro–, y no pocas veces el verdadero premio consiste en volver a casa con las
manos vacías para reencontrarse con Chéjov, Carver, Cortázar o cualquier otro
escritor que empiece por ce. Debería juzgarse al lector no sólo por lo que lee,
sino especialmente por lo que, para no morirse de asco, deja de leer. Los que
dicen que hay que leer “de todo un poco” son, me temo, los mismos que valoran
una obra únicamente en función del entretenimiento vacuo que les procura. Pero
reducir la literatura a mero pasatiempo es, como reducir la política a
cuestiones económicas, dar una palmadita de apoyo en la espalda del
capitalismo. Quién me lo iba a decir: leer literatura “evasiva” me parece hoy,
muy claramente, no sólo una pérdida de tiempo, sino además un juego siniestro
diseñado por y para neoliberales.
jueves, 11 de abril de 2013
DECÁLOGO CENICIENTO
1. Escribir es arder (absténganse
alérgicos a la ceniza).
2. Escribir es un gran “Cómo” raras
veces distraído por algún pequeño “Qué”.
3. La máxima de Borges es
irrenunciable: escribir mucho, corregir mucho, tirar muchos papeles a la basura
y publicar poco.
4. Escribir es pura minería: tratar
de extraer piedras preciosas de entre lo aparentemente nimio e irrelevante
(ceniza incluida).
5. El humor está en todas partes.
6. Jugar siempre con el par
Eros/Tánatos.
7. Entablar, en la medida de lo
posible, diálogo con los Maestros.
8. Escribir sobre lo inexpresable.
9. No escribir jamás para todos los
públicos.
10. Si escribir es arder, entonces
es también quemar todos los decálogos –incluido el propio–. Y seguir
tragando ceniza.
lunes, 8 de abril de 2013
ENTERRAR Y EXHUMAR
A veces
la realidad se porta como Dios manda: ¡no me digan que no es maravilloso esto
de enterrar a Margaret Thatcher mientras exhumamos el cadáver de Pablo Neruda!
Aquí
les dejo, por cierto, la banda sonora del día (no apta para enemigos del humor
negro). “Even though we know it’s not right…”
jueves, 4 de abril de 2013
EL CUARTO RABINO
Les
dejo aquí un fragmento de Magma
(Spurious), interesante (e irregular) debut literario de Lars Iyer.
Atención a la parábola, que bien podría resumir la Historia de la Literatura
desde el punto de vista de la Creación:
“W. me
recuerda la lección hasídica que Scholem narra hacia el final de su gran
estudio sobre el misticismo judío.
Cuando
se enfrentaba a una gran tarea, el primer
rabino, de quien poco se sabe –su nombre y los detalles de su vida permanecen
envueltos en un velo de misterio–, iba a cierto lugar en los bosques, encendía
un fuego y meditaba en oración; y lo que quería conseguir se cumplía.
Una
generación después, el segundo rabino
–se desconoce su nombre y sólo han trascendido unos pocos detalles sobre su vida–,
al enfrentarse a una tarea de similar dificultad, iba al mismo lugar en los
bosques y decía, “Ya no sabemos encender el fuego, pero todavía podemos orar”.
Lo que quería conseguir se cumplía.
Pasó
otra generación, y el tercer rabino
–cuyo nombre ha llegado hasta nosotros, aunque sigue siendo, a pesar de ello,
una figura legendaria– fue a los bosques y dijo, “Ya no sabemos encender el
fuego, ni conocemos las meditaciones secretas propias del orador. Pero
conocemos el lugar apropiado en los bosques, y eso debe ser suficiente”. Y lo
que el rabino quería conseguir se cumplió.
Pasó
otra generación, y quizá otras más, quién sabe, y el cuarto rabino –su nombre es bien conocido, y todavía vive entre
nosotros–, enfrentado a una difícil tarea, simplemente se sentó en su sillón y
dijo: “No sabemos encender el fuego, no sabemos rezar las oraciones, no
conocemos el lugar, pero podemos contar la historia de cómo se hacía entonces”.
Y eso también fue suficiente: lo que quería conseguir se cumplió.
Hubo un
quinto rabino que Scholem olvidó;
bueno, en realidad no era un rabino, dice W. Se llama Lars, y de él sabemos
demasiado. Olvidó dónde estaban los bosques, e incluso que tenía una tarea que
cumplir. Sus oraciones también cayeron en el olvido; y si meditaba, lo hacía
sobre el destino de Jordan y Peter André. Terminó prendiéndose fuego a sí mismo
y a su amigo W. con las cerillas que llevaba encima y los bosques ardieron
hasta las raíces. Y después el fuego se propagó al mundo entero, los océanos
hirvieron y el cielo quedó arrasado por el fuego y fue el fin del mundo.”
Apuesto
a que no soy el único que se imagina al cuarto rabino leyendo en su sillón,
contando la historia del “cómo” y confundiendo su propia identidad con la de
Enrique Vila-Matas.
sábado, 30 de marzo de 2013
LAS COSAS NUESTRAS
A veces
uno tiene la sensación de que los acontecimientos relevantes no se presentan
–cronológicamente hablando– con la regularidad que debieran, sino más bien como
una sucesión intermitente de aludes emocionales, porque la emoción no deja de
ser un modo determinado del acontecer. Indiscernibles en nuestros respectivos
espacios cognitivos, llegan entonces las digestiones pesadas del subconsciente,
las dudas y la espera. Y por mucho que uno comprenda (asuma) que siempre están pasando cosas, lo cierto es que algunas
efectivamente pasan mientras que
otras, además, se quedan. Estas
últimas son las que creemos que nos
pasan a nosotros, las cosas nuestras. “Eso ya es cosa tuya”, suele decirse;
pero es mentira: no existen las cosas para
nosotros. Ni siquiera está del todo claro que existan las cosas. Sin
embargo hay semanas en que uno se acuerda de Leibniz y piensa que un
acontecimiento determinado, al igual que una mónada, podría contener (al menos
en teoría) todos los acontecimientos posibles. En esos momentos, por lo visto,
toca alegrarse. Aunque el ser capaces o no de hacerlo ya no sea –sensu stricto–
cosa nuestra.
martes, 19 de marzo de 2013
EN CHIPRE, POR EJEMPLO
(1)
Cuando
uno quiere hacer un experimento, necesita un laboratorio. Esto es así. Y si ese
experimento es además una aberración potencialmente peligrosa para el conjunto
de la sociedad, entonces el laboratorio que lo impulse debe estar aislado, en
la periferia, donde no llame la atención. En un lugar casi secreto. En Chipre,
por ejemplo.
(2)
–¿Y si
hacemos que los pequeños ahorradores carguen con toda esta mierda?
–Sería
la hostia, pero no creo que traguen.
–Tiempo
al tiempo… si eso lanzamos un globo-sonda…
–Necesitaríamos
el visto bueno del Eurogrupo.
–No
habrá problema: empezamos con un país irrelevante y a ver qué pasa.
–Estás
loco, tío.
–Como
todos los que trabajamos aquí, no te jode…
(3)
Hay
experimentos cuya principal finalidad es sentar un precedente, lanzar una
advertencia, acojonar, en definitiva, al ya suficientemente acojonado personal:
“Ojo, que también podemos hacer esto”. Así, independientemente de los
resultados de ese experimento, siempre habrá quien empiece a percibir –por
comparación– los recortes, los atropellos o las sangrías que nuestro(s)
gobierno(s) lleva(n) años perpetrando como una terapia necesaria y aun
deseable. La fórmula es sencilla: para que sigan tragando con lo malo,
enseñarles lo peor. Y si lo peor todavía no existe, pues se inventa y se
muestra. Aunque sea en plan “micro”, en las afueras. En Chipre, por ejemplo.
jueves, 14 de marzo de 2013
SNOOPY
De
entre todas las grandes decisiones tomadas por Charles M. Schulz a lo largo de
los casi cincuenta años que duró la tira cómica Peanuts (Carlitos y Snoopy en
España), podríamos destacar una que a muchos parecerá insignificante a pesar de
su poliédrico significado: La sempiterna ausencia de la “Chica Pelirroja”.
Sabemos
que Carlitos está profundamente enamorado de ella –quizás de un modo platónico,
proyectivo, pero enamorado a fin de cuentas– y también sabemos que, cada vez
que intenta acercársele, ya sea físicamente o por medio de cartas, el contacto
resulta finalmente frustrado por causas diversas (timidez, tardanza, miedo,
malos entendidos, etc.). Hasta aquí lo que nos es dado conocer, porque la chica
pelirroja permanece siempre “escondida”, “vedada”, y no sólo para el propio
Carlitos, sino también a nuestros ojos lectores: Schulz no quiere mostrárnosla,
o, dicho de otro modo, está especialmente interesado en mostrarnos su evidente
ausencia. Así, el autor recurre al fuera de campo, al sombreado opaco o a la
mera mención como únicas vías de acceso al fantasma. Carlitos la quiere; eso es
cierto. Ella no está, pero se la espera. El recurso funciona a la perfección: todos
queremos, esperamos cosas, personas, fantasmas, algo; a veces hasta el punto de
relegar la existencia efectiva de ese “algo” a un cómodo segundo plano. Pues
bien, en ese segundo plano, sombreado o fuera de campo, donde la existencia
real no importa demasiado, vive, paradójicamente, el deseo abstracto del
auténtico existencialista: viven La Gran Calabaza y la Chica Pelirroja, pero
también Godot y la absolución de K., el Monstruo del Lago Ness y el sobrecito
dorado de Nescafé, Thomas Pynchon y Perry, Zeus y Alá, la Revolución del
Proletariado y el Superhombre, y todo lo que usted desea que exista y que, en
virtud del sólo desear, al menos para usted ya existe sin necesidad de ser
mostrado. Como la remontada del Barça antes de la remontada del Barça. Puede
jurarlo por el mismísimo Snoopy.
lunes, 11 de marzo de 2013
EL SER Y LA COMETA
Recuerdo
que hace cuatro años –quizá cinco, poco importa– mi amigo R. y yo fuimos a ver
una obra de teatro. Cuando nos encontrábamos ya en nuestras respectivas
butacas, esperando en silencio el comienzo de la función, descubrí a R. serio y
meditabundo; “algo va mal”, me dije, y decidí preguntarle qué le preocupaba.
“As veces penso que o Ser non pode ser unívoco”, fue su única respuesta. En
aquel momento supe que R. siempre había sido (y ya siempre sería) una persona
mucho más inteligente que yo, y que más me valía conservar su amistad durante
el resto de mi cochina vida –si acaso mi intención era convertirme en una
persona de provecho–.
Hoy he
recibido una inesperada llamada telefónica de R. “¿Que fixeches hoxe?”, me
pregunta. “Salí a volar una cometa”, respondo. “Magnífico xeito de pasar o
día”, sentencia.
Me
avergüenza reconocerlo, pero a veces necesito que me recuerden que el Ser no
puede ser unívoco, que hacer volar una cometa es una buena excusa para pasar la
tarde y comprobar, de paso, que la textura del viento-que-hace-volar-cometas
difiere por completo de la del viento-normal-y-corriente.
¡Todos
pendientes de la muerte de Chávez y de la elección del nuevo Papa, trágicamente
olvidados de las cosas esenciales, del Ser y la cometa!
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