lunes, 2 de septiembre de 2013

MORTADELA


                                              A P., que acaba de volver de Polonia.



Un niño a su padre, frente al escaparate de una conocida librería coruñesa:
“Papá, ¿tienes mortadela?”
Ojo, no se precipiten, que el chaval no pide un bocata de mortadela (merienda habitual de muchos infantes que su padre, a fin de cuentas, bien podría atesorar en el bolso –la merienda, no los infantes, pedazo de bestias–); ni siquiera emplea la primera persona del plural (“tenemos”), que haría referencia más bien a un repentino y preocupado interés por la hipotética falta de provisiones neverísticas del hogar. No. El niño quiere saber si su padre lleva mortadela encima, como otros llevamos mecheros o paquetes de kleenex.
Genial.
No sé por qué esta escena me ha hecho pensar en Bruno Schulz, que en La mitificación de la realidad escribía:
“Consideramos normalmente la palabra como una sombra de la realidad, su reflejo. Más justa sería la tesis contraria: la realidad es la sombra de la palabra”.
…y en Witold Gombrowicz (a quien ya he referido con anterioridad en este blog), que en el prólogo a Ferdydurke se lamentaba:
“Estamos en la situación de un niño que se ve obligado a llevar un traje demasiado grande para él y en el cual se siente incómodo y ridículo; el niño no puede quitárselo, puesto que no tiene ningún otro, pero, por lo menos, puede proclamar en voz bien alta que el traje no está hecho a medida, y de tal modo establecerá una distancia entre el traje y su persona. Esto significa: tomar distancia frente a la forma”.
Miren: a lo peor les he mentido. Lo cierto es que creo intuir por qué la escena de la mortadela, con su niño deliciosamente ingenuo y su adulto (in)naturalmente desconcertado, me ha recordado a Schulz y a Gombrowicz…
¿Cuánto tardaremos en reconocer de una vez por todas que el denominado “Realismo Mágico”, uno de los mayores hitos de la literatura sudamericana, es en realidad un invento genuinamente polaco?
Se aceptan cartas amenazantes… y bocatas de mortadela.


P.S. También he recordado cómo mi ex-no-esposa solía repetir con cierta frecuencia que ella prefería el vodka polaco al ruso… pero esa ya es otra historia, supongo.