lunes, 28 de septiembre de 2015

LÓGICA PARA ESCRITORES


No olvidar la realidad (R), sino simplemente negarla (¬R) y hacer de la literatura (L) un bonito lugar donde uno pueda quedarse a vivir, o bien literaturizar lo real (¬R) hasta perderlo en los dominios de la ficción (L), pues la búsqueda de la verdad (V) implica apartar la vista de la realidad (¬R), que no tiene nada que ver con ella (V≠R).
Siempre que R (siendo R realidad), entonces no L (siendo L literatura) y, si no L, entonces no V (siendo V verdad). Descorazonadora resulta, sin embargo, la tercera premisa; ésa que nos dice que si L, entonces V o no V.
La literatura es una apuesta:
1. R→ ¬L
2. ¬L→ ¬V
3. L→ V ˅ ¬V
*Nota: Nosotros queremos V y vamos a dejarnos los huevos en ello.
Conclusión:
L ˄ H→ V
(Siendo H huevos)[1]


[1] Este juego está dedicado a mis antiguos profesores de lógica. Espero que se pudran en el infierno.

lunes, 21 de septiembre de 2015

ADIÓS, TÍO


       Estate quieto, hombre, deja de morderme la pierna, le dice usted a Trasky mientras trata de reconducirlo hacia la zona más segura de la acera. Perros. Vaya con los perros. Los mejores amigos del hombre. Luego le muerden a uno las piernas o se cagan en mitad de la calle.
      Pero usted adora a Trasky. Desde que murió Carla es, en la práctica, en el vacío de lo cotidiano, el único ser vivo que le hace compañía. Sí, está la gente –familiares, amigos, conocidos varios– que le llama por teléfono, que se preocupa seguramente por si le da por suicidarse o por darse a la bebida, quizás por si acaba, de pura depresión, metiéndose en una secta que le esquilme los ahorros sin contemplaciones. Pero Trasky –Trasky el sucio, el pendenciero, el vomitón, el maloliente Trasky– jamás se separa, jamás se separará de usted. Como un perro fiel, si acaso no es cierto que todos los perros lo sean.
       Cuando Trasky termina de hacer sus necesidades (mear, cagar) y de atender sus asuntos (gruñir al cartero, ladrar a los policías), usted vuelve a su piso con la idea de preparar algo sencillo para comer, pues recuerda repentinamente que hoy a las cuatro de la tarde su sobrino irá a hacerle una visita y no quiere que se encuentre con la cocina empantanada –a saber qué les contaría a sus padres–, así que decide hacerse un sándwich. De este modo tendrá tiempo para limpiar y adecentar un poco la casa.
       Terminado el simulacro de comida, y mientras espera la llegada de Miguelito (ignora si al chaval le agradará todavía el diminutivo cariñoso; quizás haya llegado el momento de empezar a llamarle simplemente Miguel), usted ordena sus escasas pertenencias –libros, fotos de Carla, discos, películas, utensilios de cocina, cartas, revistas, juguetes de Trasky–, que yacen esparcidas por los rincones más inverosímiles de su hogar. El orden nunca fue su fuerte. Era Carla la que se ocupaba de esas cosas, y lo hacía francamente bien. Ahora le da igual. Trasky es casi tan desordenado como usted y ninguno de los dos va a cambiar a estas alturas.
       A las cuatro y seis minutos de la tarde suena el telefonillo. Trasky ladra asustado. Miguelito. Miguel. Ya está aquí. Esconda rápidamente las revistas pornográficas.

       Su sobrino tiene pinta de drogadicto, o eso es lo primero que piensa cuando abre la puerta de su piso y se encuentra con las profundas ojeras, la exagerada delgadez y la palidez facial del adolescente. 
       –Hola, tío. ¿No vas a invitarme a pasar? 
       –Por supuesto, Miguel. Perdona, te encuentro muy cambiado. –En efecto, Miguelito dista mucho de parecerse a aquel niñato mimado y repelente de las antiguas reuniones familiares. 
       –Te veo muy bien, tío.
       Su sobrino necesita gafas.
       Ya en el salón, usted se sienta en el sofá y conmina a Miguel a hacer lo mismo. Trasky les acompaña moviendo enérgicamente el rabo y termina por echarse, resoplando, junto a la mesa baja. 
       –Cuéntame: ¿Qué tal en el instituto? –dice usted para romper el hielo. Trasky está llenando el suelo de babas. 
       –Bueno, mis padres se quejan de las notas –reconoce su sobrino ruborizándose–. Hago lo que puedo. –Trasky jadea desacompasadamente. 
       –Pues habrá que mejorar eso –sentencia usted con desgana, abrumado por la irrupción de un interlocutor en su habitual silencio diario–. Ya sabes que lo hacen por tu bien, que los estudios son lo más importante. –Trasky comienza a gemir. Usted alarga el brazo y lo acaricia con suavidad detrás de las orejas. 
        –Bueno, tío, dime cómo estás tú. Estás muy solo ¿no?
       Miguel se da cuenta inmediatamente de que ha metido la pata. Tarde. Los chavales de hoy en día, dice usted para sí, no saben hablar con propiedad, hablan sin pensar lo que dicen, no dan importancia a los ritmos conversacionales, a las fórmulas de cortesía. Trasky aúlla. 
       –Un poco sí –reconoce–. Por suerte, este campeón me hace compañía –continúa usted sin dejar de acariciar las orejas de su perro, que se incorpora muy lentamente y con desacostumbrada dificultad, agradeciendo sus palabras. Sin embargo, Trasky vuelve a tumbarse. De hecho, más que tumbarse parece haberse desplomado–. Este perro no está bien –piensa usted en voz alta. Miguel ignora el comentario. 
       –Mi padre quiere saber qué va a pasar con la finca de Ávila…
       –¿Cómo? –Parece que Trasky no se mueve. 
       –Sí, la finca de Hortensia. Dice que tenemos que hablar antes contigo. 
       –¿Hablar de qué? –Usted comprueba que Trasky no respira. 
       –Pues no lo sé. Pensé que sabrías ya algo del asunto –prosigue su sobrino. 
       –Mira, creo que este perro está en las últimas –reconoce usted alarmado. Miguel añade que parece que sí, que ese perro está muy viejo, y suelta una brevísima carcajada histérica. 
       –Lo de la finca te lo digo… bueno, mi padre me dice que te lo diga, que te lo comente o algo por un tema de escrituras o no sé qué… 
       –Las escrituras las tiene la hija de Hortensia, yo no tengo nada que ver –la frase sale rápida de sus labios. Se plantea hacerle el boca a boca a Trasky. 
       –Ah. Pues se lo digo, se lo digo… –Miguel está confundido. Probablemente también viva confundido, el pobre imbécil. Usted zarandea el cuerpo inerte de su perro. Su sobrino se levanta del sofá. 
       –¿Quieres que te ayude, tío? 
       –No, déjame, déjame. Este perro no está bien. –Miguel le alcanza un folleto que acaba de sacar de su mochila. Sus notas. 
       –Tío… ¿Te importaría firmármelas? Es que mis padres… –Usted empieza a perder los estribos. 
       –¡No es el momento más adecuado, Miguel! ¿No ves que estoy con el perro, hombre? –grita desde el suelo sin dejar de presionar intermitentemente y con furia las costillas de Trasky. Su sobrino le planta las notas ante los ojos. 
       –Es que llego tarde a taekwondo…
       Usted suspira, asumiendo de una vez por todas que lo de Trasky no tiene solución. Después coge las notas, las firma, reprende a su sobrino con una mirada severa que acaso resulte indescifrable para su cerebro de mosquito y se fija por primera vez en su mandíbula desencajada, que bailotea sin control deformándole esa cara de cretino irremediable. 
       –Es lo que querías ¿no? –dice usted indignado. Miguel, risueño, recoge el folleto sin contestar y vuelve a meterlo en un bolsillo de la mochila. 
       –Ahora tengo que irme. Ya vendré otro día con más tiempo. Adiós, tío.
       Usted abandona el cadáver de Trasky en el salón y atraviesa con su sobrino el pasillo que les separa de la puerta de la calle. 
       –Vuelve cuando quieras –acierta a decir usted, a modo de despedida, en el marco de la puerta. Miguel se aproxima al ascensor sin volver la cabeza mientras usted se precipita nuevamente en el interior de su piso para velar a Trasky.

lunes, 14 de septiembre de 2015

POSTPROSA POÉTICA


       Usted escribe ese relato sobre la dura niñez de un inmigrante subsahariano en la costa levantina. Después lo corrige hasta la extenuación y decide enviarlo a concurso. Como no consigue ningún premio, opta por publicarlo en una revista especializada. La retribución que le ofrecen es mínima. Usted acepta de todos modos.
       Algunos años más tarde su relato, que hasta entonces había pasado totalmente desapercibido, empieza a ser comentado con cierto interés en los círculos de crítica literaria de la capital. Interesa sobre todo en el campo de la teoría de la literatura, a juzgar por las noticias que usted recibe, ya que por lo visto el uso que usted hace del lenguaje es relativamente novedoso en el género. Su nombre empieza a sonar, aunque sólo entre especialistas.
       Hacia finales de año, un renombrado articulista le menciona de pasada –pero con calculada intensidad– como uno de los principales renovadores del relato en lengua castellana, señalándolo como heredero directo de una serie de escritores que usted detesta. El articulista defiende que su relato La costa propone “no sólo una inequívoca solución al problema de articulación forma/fondo en el relato posmoderno, sino además –y principalmente– una nueva perspectiva desde la que abordar las relaciones entre sociedad y literatura”. Lo que le importa a usted (que siempre ha odiado todo cuanto tenga que ver con literatura social) es que este elogio le permite firmar un jugoso contrato con una de las editoriales más punteras del país.
       El año siguiente usted es invitado a formar parte, en calidad de ponente, en una conferencia que aborda el futuro del relato como género literario. Declina la invitación porque, honestamente, no tiene la más mínima idea del tema. Además, le molesta que algunos colegas escritores que antes le tenían por persona independiente empiecen ahora a sospechar de sus intenciones, cuando lo cierto es que usted no tiene intenciones de ninguna clase, al margen de seguir escribiendo. Usted no es un teórico ni un renovador del lenguaje. Usted ha escrito un relato personal y ha tenido cierto éxito. Si los medios y algunos colegas se empeñan en exagerar sus méritos… pues mejor para usted. Aprovéchelo mientras pueda.
       En marzo de ese mismo año surge, nace, aparece, es acuñada o simplemente vomitada la denominación de marras, “Postprosa poética”, para referirse a la corriente que, a tenor de lo defendido por un sector importante de la crítica salmantina, usted acaba de inventar.
       En pocos meses la editorial con la que firmó le pide una selección de relatos tempranos –relatos que usted desprecia, juzgándolos poco maduros– que resulta ser un éxito de ventas. Su libro más vendido. Y el más comentado, porque, según ciertos especialistas, “en él se hallan ya, en germen, todos los hallazgos formales que el autor de La costa desarrolla en obras posteriores”. A medida que se teoriza sobre su estilo, su intertextualidad, sus influencias, su lenguaje y sus propuestas, usted tiene cada vez más la sensación de ser otro: ni reconoce a los autores que señalan como maestros suyos, ni considera su estilo como “anglosajón”, ni cree estar demasiado interesado en las relaciones entre poesía y cuento corto. Ni, por supuesto, tiene vocación de renovador. Y duda mucho que su obra vaya a ser “profunda y radicalmente seminal”.
       El siete de diciembre algún entusiasta abre un perfil en una famosa red social con el lema “Postprosa poética”. En el foro de debate participan miles de usuarios, entre ellos varios escritores jóvenes (y relativamente conocidos) que se disputan la legitimidad como “dignos herederos” de la prosa de usted. Se dividen en dos facciones: los postprosistas, interesados en resaltar sus logros formales –y, sobre todo, en hacer de ellos un camino a seguir– y los postpoéticos, claramente influenciados por su etapa estructural (?!). Cuando, pasadas algunas semanas, la disputa es llevada hasta sus últimas consecuencias –y finalmente se estanca–, los internautas (escritores o no) solicitan que usted se posicione. El revuelo mediático es tal que usted no puede permitirse el lujo de permanecer callado. Además, la crítica, que desde un primer momento se ha mofado de los jóvenes escritores que le siguen, también aguarda impaciente su veredicto.
       Usted decide convocar una rueda de prensa a finales de mayo. Llegado el día D hace su entrada en un salón de actos atestado de público y periodistas. La presencia de cámaras de televisión recuerda más a las premieres del mundo del cine que a un evento literario. Usted atraviesa el pasillo que le separa de la mesa, cegadoramente iluminada, donde piensa aclarar el malentendido. Dejará claro que no se ve a sí mismo como un renovador del uso del lenguaje, que no se siente heredero de los maestros que se le imputan, que odia el relato posmoderno, que la literatura social no le interesa en absoluto, que el futuro del relato depende tan sólo del talento y la ambición de los nuevos escritores, que el término Postprosa poética le parece una horterada, que su estilo tiene de anglosajón lo que un pimiento de Padrón tiene de catalán, que difícilmente puede haberse volcado en las relaciones entre poesía y cuento siendo usted tan mal lector de poesía, y que las pugnas entre postprosistas y postpoéticos le parecen oportunistas y poco fundamentadas.
       Usted toma asiento, coge el vaso de agua que reposa sobre la mesa, da un trago para aclarar la voz, comprueba el micrófono, da los buenos días a la concurrencia y se propone comenzar cuanto antes. Así lo hace: “Hace algunos años publiqué un relato titulado La costa. En él narraba la dura niñez de un inmigrante subsahariano en la costa levantina”. En ese momento, justo cuando los flashes de las cámaras centellean ante sus ojos, el pánico le invade y le impide continuar. Enmudece. Se levanta sin mediar palabra, dando el acto por concluido frente al estupor general que planea sobre el salón de actos, también enmudecido. Pero cuando usted está atravesando el pasillo para dirigirse a la puerta de salida, para escapar definitivamente de allí, el público también se levanta, esta vez para inundar de aplausos el recinto. Aplausos para usted, presumiblemente por su laconismo involuntario, usted, el héroe –dirán mañana– que se niega a entrar en el juego de los críticos o de los imitadores, el escritor deliciosamente excéntrico, el poeta. Varios estudiantes universitarios le cercan al final del pasillo. Quieren que les firme un autógrafo.
       Usted siente unas terribles ganas de liarse a puñetazos con todo el mundo, cosa que afortunadamente termina haciendo.

lunes, 7 de septiembre de 2015

NUEVO CATÁLOGO DE JUEGOS (CITAS INTRODUCTORIAS)


¡Dios ha muerto! ¡Dios seguirá muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! (…) ¿Quién nos limpiará de esta sangre? ¿Con qué agua podríamos purificarnos? ¿Qué ceremonias expiatorias, qué juegos sagrados tendremos que inventar?

F. NIETZSCHE


Yo creo que habría que inventar un juego en el que nadie ganara.

J. L. BORGES


He aquí cómo no pensar en nada de esto practicando y jugando hasta que todo funciona con piloto automático y el ejercicio inconsciente del talento se convierte en un modo de escaparse de ti mismo, un prolongado sueño despierto de puro juego.
(…)
Contémplate a ti mismo en tus rivales. Ellos te harán comprender el Juego. Acepta el hecho de que el Juego se basa en el miedo controlado. Que su finalidad es sacar de ti lo que tú esperas que no vuelva.


D. F. WALLACE

jueves, 27 de agosto de 2015

VERANO


       El niño vive en un pueblecito costero a orillas del mar Mediterráneo. Se pasa las tardes de verano en la playa, observando a los bañistas extranjeros. Le resultan extraños y, en cierto modo, fascinantes. A veces, cansado de amigos a los que ya tiene muy vistos, se decide a hablar con algún niño de su edad, uno de esos infantes tan exóticos. Pero, como nunca entiende nada de lo que dicen, se limita a jugar con ellos. Un día conoce al pequeño Hans, y juntos construyen una presa en el riachuelo que va a morir a la playa. A lo largo de la tarde amontonan, bajo las precisas órdenes gestuales del pequeño turista, kilos de rocas, plásticos y arena en la barrera artificial con la que pretenden contener el flujo de las aguas. El niño asiste, maravillado, al despliegue de destreza de su nuevo amigo: la construcción es perfecta, impropia de un chiquillo como él. Cuando termina el mes de julio y Hans tiene que volver a Alemania, el niño intenta repetir, sin éxito, la proeza original. Aquella presa, sin embargo, permanecería para siempre en su recuerdo.
       La familia de Hans no volvió a aquella playa el verano siguiente. El niño que vive en un pueblecito costero a orillas del mar Mediterráneo conoció a otros niños alemanes muy majos, pero incapacitados para el arte de construir presas. Sólo algunos años después, cuando el riachuelo se había secado definitivamente, Hans reapareció en la playa al caer la tarde del primer día de agosto. Nuestro niño –ya adolescente– lo reconoció de inmediato a pesar de lo mucho que ambos habían cambiado desde entonces, y se encaminó hacia él para saludarle. Pero Hans no se acordaba de aquel cretino que una y otra vez señalaba, a modo de aclaración, el antiguo cauce del riachuelo, intentando hacerle saber que todo había terminado, que ya no había río, que la presa ya no tenía sentido, que se habían hecho mayores y todas esas cosas que Hans ya sabía sin necesidad de aspavientos. Entonces se partieron la cara, uno porque echaba de menos su infancia, el otro porque la había olvidado, y en mitad de la pelea, gracias al olor corporal de su contrincante, Hans recordó.
       Después construyeron una presa en el río seco, un efímero monumento a la inutilidad.

jueves, 20 de agosto de 2015

TRANSATLÁNTICO DE LUJO


       Volveremos a vernos. Seguro que sí. Algún día te dejarás caer por aquí, sin más, como por descuido, y yo te abriré la puerta. Comeremos juntos, o cenaremos, o charlaremos toda la tarde. Será raro al principio. Me dirás que te va bien, mentirás, es probable que también yo te mienta, que te cuente alguna historia graciosa y nos riamos el uno del otro. Me recomendarás algún libro, puede que yo te recomiende algún disco. Quizás vayamos al cine y al salir te pongas puntillosa con los fallos del guión. Fumaremos, ten esto presente. Ninguno de los dos habrá dejado de fumar.
       Te haré un resumen de todos los trabajos de mierda que he tenido que soportar para ganarme la vida, “Es tu culpa”, dirás, “podrías haber sido un buen profesor; de los relatos no se vive”. Sonreiré, apreciaré tu aprecio. Me contarás los líos de faldas de la facultad, enumerarás los alumnos que se han ido enamorando de ti durante todos estos años. Entonces observaré tu rostro detenidamente. Se te habrán afilado las facciones –o las habrás afilado tú misma, a golpe de amargura y desencuentros–, pero seguirás siendo guapa, más guapa que la mayoría de las mujeres de tu edad. Me sorprenderé pensando esto.
       No es descabellado pensar que todavía sentirás una vaga atracción por mí, una atracción-recordatorio, nada relevante, una sensación que se disolverá en nostalgia pasados los primeros minutos y a la que no debes prestar mayor atención. Para sacártela de la cabeza empezarás a hablarme de él, de tu nuevo “él”; también me pedirás que te hable de ella, de la otra “ella”. Nos descubriremos enamorados, enamorados de otros, y nos hará gracia. A ti un poco menos. Me fijaré en tu forma de tocarte el pelo, en tu sonrisa deteriorada. Tú fingirás no haberte fijado en mis entradas, en los surcos de mis mejillas. Las canas. Dios santo, las canas.
       Cuántas cosas habremos esquivado entonces, cuánto habremos sufrido. Cuánta inutilidad. Ya no me gustará tanto aprender, ni creer, ni desconfiar; ya no te gustará tanto viajar, habrás aprendido a odiar el movimiento, la arbitraria llegada y el retorno previsto. Nos burlaremos de cómo han acabado la mayoría de nuestros amigos –casados, con hijos, divorciados, pobres, ricos, enfermos, muertos, ridículos todos–. Pero también nos burlaremos de nosotros mismos. Los intelectuales risibles. Te recordaré tu absurdo proyecto de irte a vivir al campo, me recordarás mi novela inacabada. Un par de hitos inasumibles. Nos quitaremos sin pudor las caretas de farsantes, guardándolas para más tarde. Porque más tarde las necesitaremos. Porque sin ellas no somos nada.
       Me interesaré por una cicatriz que tenías en el brazo, pero tú no querrás enseñármela.
       Te interesarás por mis gafas de sol; querrás saber si son las de siempre. Contestaré que no, que son iguales pero no las mismas, que me costó mucho volver a encontrar ese modelo, que tuve que pedirlo por encargo.
       Y quizás un poco más tarde, cuando nuestro único refugio sea algún bar del casco histórico, cuando me sirvan mi tónica y mis aceitunas, te pediré que me cuentes otra vez aquel sueño tan extraño que tuviste poco antes de. Sé que lo contarás como siempre; puede que te lo pida precisamente por eso. Dirás: “Aquella noche soñé que tú y yo estábamos separados; separados pero juntos; quiero decir que estábamos a bordo de un transatlántico de lujo y tú estabas allí, y yo no sabía por qué estabas allí, y me daba miedo, sí, quizás era miedo, y tampoco sabía si debía acercarme a saludarte porque llevábamos muchos años sin vernos. Pero de repente aparecían en la cubierta de proa –y la luz cambiaba, la claridad era más intensa–, se nos aparecían literalmente dos figuras que yo sabía que eran nuestros hijos, lo supe inmediatamente, y eran guapos, un chico y una chica, guapísimos, muy bien educados, tenías que haberlos visto, aunque no sé por qué estaba tan segura de que eran nuestros hijos; en los sueños pasan estas cosas. Y te abrazaban, y después me abrazaban a mí. Encantadores, sociables. Y cuando se iban, cuando bajaban a los camarotes, tú y yo nos contábamos nuestras historias de divorciados, y no había rencores, nos respetábamos mucho, nos alegraba comprobar que a pesar de todo nos queríamos con locura, y yo me sentía muy orgullosa de poder quererte así, orgullosa de ti, de los dos, de los cuatro, de nuestras vidas en común, aunque éstas se limitaran a pasar unos días de verano (esto también lo supe sin más) en un transatlántico de lujo. Y me desperté –un domingo por la mañana, me acordaré siempre– pensando que siempre estarías a mi lado, que todo iba a salir bien”. 
       Porque sueles terminar esa historia diciendo que todo iba a salir bien.
       Te diré que siempre me ha parecido un sueño precioso. Te diré que me hubiese gustado que las cosas… No. No diré nada. Nada que pueda incomodarnos.
       Quizás te pregunte si eres feliz, quizás no sepas qué responder. Quizás me digas que nunca te ha interesado la felicidad, que los felices te resultan antipáticos e incomprensibles, una panda de descerebrados –dirás– que nunca ha tenido nada que ver contigo, un mal necesario con que maquillar la crudeza del mundo, un mosaico de sonrisas bobas. Y cuando me preguntes si yo soy feliz tendré que contestar que no, pero nunca sabré si he sido totalmente sincero, si te he dicho la verdad. Porque no habrá verdad cuando volvamos a vernos, de eso puedes estar segura.
       Puede que esa noche acabemos en tu casa; no lo descartes. Pero no tendremos sexo, no nos acostaremos juntos. Me habrás invitado a tomar un último café, será la hora de las confesiones, irás al baño cuando no te quede nada que decir. Y ese es el momento que pienso aprovechar para entrar en tu habitación, revolver el armario, los cajones, buscar desesperadamente y contrarreloj mis viejas cartas, tratando de no hacer ruido –como siempre; es mi estilo– y estaré de vuelta en el salón cuando oiga la cisterna, ya a salvo, y seguiremos dilatando la despedida, terminaremos nuestros cafés, nos daremos las buenas noches en el umbral de la puerta. Y ya en la calle –hará frío, un frío terrible– trataré de convencerme, aunque sea en vano, de que lo que realmente buscaba hace un rato en tu dormitorio, en tu armario, en tus cajones, en tu nueva vida, eran mis viejas cartas, y no mis pantalones de pana marrón, esos mismos que –concluiré– habrás tirado a la basura hace tantos años.
       Entonces volveré a mi piso, Pilar. Entraré en mi nuevo hogar, besaré a mi nueva “ella” y tendré muchas ganas de escribir.

jueves, 13 de agosto de 2015

EL ORGULLO


        El hombre encuentra, justo al agacharse para recoger su sombrero, una libreta Moleskine negra, de tapa dura, tirada junto al banco que ocupa en el andén de la estación de trenes. La sostiene con cuidado, mira a un lado y a otro, y después la guarda rápidamente en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta. Tras unos segundos de tregua se pregunta por qué lo ha hecho. Por qué, en vez de llevarla a la oficina de objetos perdidos de la propia estación, ha decidido quedársela sin titubeos y –lo que es peor– sin apenas remordimientos de conciencia. En esto piensa el hombre cuando sube al tren que le llevará lejos de allí.
       Cuando sube al vagón, el hombre aparca a un lado los problemas éticos que se derivan de su reciente conducta. Le quedan por delante varias horas de viaje y le resulta más interesante satisfacer el deseo de explorar lo inexplorado paseando su mirada y su atención por las páginas privadas de la libreta. Asaltado por pensamientos de índole paranoica, el hombre vuelve a mirar a ambos lados (e incluso hacia atrás y hacia delante), temeroso de que el propietario se encuentre en ese mismo vagón. Al cabo la abre, hallando varias citas literarias al principio: Proust, Joyce, Beckett o Mansfield se suceden, con geniales reflexiones en torno a su arte, en las primeras páginas de la libreta robada –robada no, pensará el hombre; en todo caso no devuelta–. Empieza a sospechar, entre curioso y divertido, que su dueño podría ser, al igual que él, escritor.
       Las páginas siguientes no hacen sino confirmar las sospechas del hombre; conviven ahí, en letra casi microscópica y aparente desorden, esbozos de personajes, sinopsis, poemas corregidos una y otra vez, e incluso un “proyecto de novela” que ocupa el centro de la libreta. El tipo no escribe del todo mal, dice el hombre para sus adentros. Y es entonces cuando se sorprende a sí mismo acosado por el fantasma de la envidia. Cierra la libreta unos instantes. Suspira. Medita. Sonríe despreocupado. Vuelve a abrirla.
       En una de las páginas finales el hombre distingue, entre una amalgama de trazos imprecisos que sin duda responden al empeño de hacer funcionar un bolígrafo rebelde o gastado, varias direcciones postales. Direcciones de sus amigos, piensa, direcciones a las que puede enviar la libreta en caso de optar por devolverla. Esta última idea le reconforta –no el devolver la libreta, sino la posibilidad de devolverla si llega a sentirse demasiado culpable–. La verdad, por mezquina que resulte, es que no quiere hacerlo, al menos no inmediatamente. 
       Pero lo más curioso de todo es una crítica de apenas tres líneas que clausura el espacio escrito. En ella, el dueño de la libreta ha escrito: “Los infelices, el último libro de relatos de Roberto Heraldo, constituye la enésima prueba de la falta de talento de nuestros escritores actuales, sin duda más centrados en publicar que en escribir como Dios manda”. El hombre frunce el ceño con una sonrisa despreciativa, en parte porque no está de acuerdo con la valoración de la obra, en parte porque Roberto es su nombre y Heraldo su apellido.
       Debería alegrarse. Debería alegrarse porque, a pesar de la dureza de la crítica, su sola existencia prueba que el dueño de la libreta es uno de sus lectores –uno que probablemente no volverá a comprar o leer ningún libro suyo, pero un lector a fin de cuentas–. Además, ahora que sabe la opinión que le merece al anónimo indeseable su última colección de relatos, su sentimiento de culpabilidad va disminuyendo hasta desaparecer casi por completo. “Le va a devolver la libreta su madre”, dice para sí el hombre. Después se recuesta en el asiento, contempla el paisaje que corre a través de la ventana y espera pacientemente a que se le pase el enfado.
       Unos minutos más tarde, con el ánimo ya templado, el hombre concluye que no tiene ningún derecho a sentirse ofendido por una opinión estrictamente privada, y menos sabiendo que todas las críticas que se han publicado en periódicos o revistas culturales coinciden en señalar su obra como un aporte original e imaginativo al género. A partir de este punto se imagina al dueño de la libreta como un escritorzuelo resentido e incapaz de asumir el éxito de colegas más brillantes. Un perdedor, un paria. Pero también un imbécil que merece algún tipo de escarmiento.
       El hombre se dispone a tomar la siguiente determinación: dedicará el tiempo de trayecto que le resta a redactar, en el espacio que sigue a la crítica despiadada, una pormenorizada refutación de los cargos que se le imputan. Después, una vez abandone el tren, introducirá la libreta en un sobre acolchado y la enviará –sin remitente– a alguna de las direcciones que figuran en las páginas finales. De este modo el escritorzuelo recuperará no sólo su libreta, sino además la debida humildad que –presupone el hombre– también debe haber extraviado.
       Cuando sólo faltan cinco minutos para el final del trayecto, Roberto Heraldo guarda nuevamente la libreta, ya violada, en el bolsillo interior de su chaqueta, y pide paso, muy educadamente, al ocupante del asiento vecino, que da al pasillo, para dirigirse a la salida del vagón. Éste contesta de inmediato, solícito, con una media sonrisa y una frase calculadas: “No tendré ningún inconveniente en dejarle pasar siempre y cuando usted no tenga inconveniente en devolverme mi libreta”.
       El hombre piensa que es del todo imposible. Que es imposible que ese joven pasajero sea el dueño de la libreta, que es inaudito que, siéndolo, no se haya opuesto a que otra persona –un completo desconocido, para ser exactos– paseara sus ojos y su atención por sus apuntes privados sin abrir la boca hasta el final, que nada puede explicar su permisividad, su aplomo, especialmente cuando, en los últimos minutos, ha asistido impávido al bailoteo de un bolígrafo que no es el suyo sobre las páginas secretas, resistiéndose a intervenir. Como el hombre, completamente atónito, no se encuentra en condiciones de entablar una conversación –ni aun de pronunciar palabra o ejecutar movimiento alguno–, el joven se adelanta, registra el interior de la chaqueta como si el hombre fuera un vulgar ladrón y extrae del bolsillo su libreta. Suspira entonces satisfecho y pregunta: “¿Podría indicarme dónde ha escrito usted?”. El hombre, sin atreverse siquiera a mirar a los ojos de su interlocutor, abre la Moleskine negra y señala con mano temblorosa las páginas que siguen a la crítica de su propio libro, aquellas donde ha intentado resarcirse del daño causado. “¡Vaya!”, continúa el joven tras haber leído fugazmente los argumentos del hombre, “Es una buena contrarréplica. Un tanto parcial, pero aceptablemente escrita”, y después, con un tono de burla bien trabado, casi imperceptible: “Si hiciera usted el favor de decirme su nombre, ahora mismo lo escribiría entre paréntesis al pie de su texto, a fin de aclarar la autoría, si no hubiera inconveniente”.
       El tren detiene su marcha. El hombre piensa que sería el momento idóneo para escapar, para salir corriendo con el resto de pasajeros, alcanzar la salida del vagón y perderse rápidamente entre la muchedumbre anónima, pero una figura antipática, que no es otra que el cuerpo del joven aguardando una respuesta, se interpone fatalmente entre él y el pasillo.
       Y es entonces cuando el hombre, resignado y con voz entrecortada, contesta que su nombre es Salustiano García, en parte porque está terriblemente avergonzado, en parte porque su orgullo se resiste a aceptar que ese joven escritorzuelo sea incapaz de reconocer a Roberto Heraldo, autor de Los infelices.

jueves, 6 de agosto de 2015

EL VENENO


      Tres personas de mi entorno conocieron mis problemas con las drogas. Una de ellas está muerta –problemas con las drogas–, otra es mi padre. 
          La otra es mi madre.
       Mi madre se está muriendo. Hablemos de ella, habida cuenta de que la gente que se está muriendo suele parecer más interesante que la que está sencillamente viva o muerta –gente definida, en cualquier caso– y obviemos el inconveniente dato de que todos, en sentido laxo, seamos moribundos sin remedio por el mero hecho de existir. Todos condenados, todos muertos en potencia.
        Mi madre tiene cincuenta años y un cáncer terminal. Le gustan los vestidos rojos y las infusiones a media tarde. Ahora también le gustan las drogas, pero por razones muy distintas a las mías. Sedación. Pronto dejarán de gustarle. Pronto dejará de gustarle cualquier cosa. Metástasis. Todo empezó en el útero. Estudió Derecho.
       Mi madre me educó con el propósito de convertirme en una persona fuerte e independiente. Si finalmente no lo consiguió fue sin duda por mi culpa, debido a mi incapacidad congénita para plantarle cara a la vida. Ella fue la primera en encontrarme con una jeringuilla anclada al brazo, la boca espumeante, los pantalones meados, los ojos inertes. Trató de ayudarme mientras pudo, mostrándose comprensiva al principio, encerrándome con llave más adelante, ocultando a mi padre las tragedias diarias, los robos, los insultos. Las desapariciones. Incluso cuando ya no se podía hacer más, mi madre siguió haciendo aquello que no se podía hacer. Y esa es la única razón por la que hoy puedo contarles todo esto.
       Cuando la situación devino insoportable, me internó en una clínica de desintoxicación. Me hice amigo de la metadona –la ingrata metadona, la dulce–. Perdí peso, vomité hasta perder el sentido. Mi padre, claro está, terminó por enterarse, pero se ahorró lo peor gracias al empeño de mi madre. Tras cuatro años enganchado a la heroína, después de haber dejado a Isaac por el camino, pude retomar lo que quedaba de mí mismo, de mi vida. Fue entonces cuando mi madre enfermó.
       Quiso ocultárnoslo al principio, pero los efectos de la quimioterapia no se hicieron esperar. Algunas veces acompañaba a mi madre hasta el puerto, paseábamos a menudo. Una tarde le dije que se quitara la pañoleta de la cabeza y saludara a unos turistas que asomaban a proa en un transatlántico de lujo. No le sentó bien. Volvimos a casa.
       Mi madre también adelgazó, también vomitó hasta perder el sentido. Consumida. En otra ocasión le aseguré que la droga y el cáncer no son cosas tan distintas. Me pegó. Me pegó con tanta fuerza que llegué a pensar que no estaba enferma en absoluto. No insistí. Tampoco he vuelto a decirle algo parecido. Se ve que le duele que hable de estas cosas.
       Ahora me ocupo de ella en casa. Mi padre dice que no puede más; no le culpo. Creo que está deprimido, tampoco él sale de casa. Mi madre ni siquiera se levanta de la cama. Yo le ordeno las pastillas, la aseo, le doy conversación, le preparo las comidas. Dice que le duele todo mucho. A veces lo dice. Y no sé si con “todo” se refiere a su propio cuerpo o a cualquier otra cosa. A lo peor se refiere a mí. Nunca le pregunto.
       Hace cuatro años yo estaba tirado en un descampado con Isaac, los zapatos llenos de barro. Hablábamos de Madrid, hacíamos planes. Ahora imagino que el brazo izquierdo de mi madre es un mapa. De España, por ejemplo. Las venas son carreteras y ahí, en el centro, en la parte interior de la articulación del brazo con el antebrazo, observo la capital. Distingo tres autopistas azuladas que conducen a la periferia de las falanges. Me pregunto en cuál de ellas debería marcar una equis que me reconcilie con mis planes, con los suyos, en cuál debería clavar la aguja hipodérmica que sujeto entre los dedos de mi mano derecha, en cuál debería descargar, empujando lentamente el émbolo, el veneno que nos ha arruinado la vida, el mismo que esta mañana he vuelto a comprar a buen precio a los amigos de Isaac.

jueves, 30 de julio de 2015

INSTRUCCIONES PARA TENER UN HIJO ESCRITOR


      En primer lugar debe usted fecundar a su mujer. Si no la tiene, búsquela preferiblemente en sectores relacionados con la educación o en instituciones de alto rango. No necesariamente atractiva. Imprescindible cariñosa –de imprimir carácter en el vástago ya se ocupará usted–. Si es usted mujer puede plantearse recurrir a la fecundación in vitro. Procure estar presentable el día de la concepción.
        Es importante que su hijo se alimente de leche materna, al menos durante los primeros meses de existencia. Si su primera palabra es “Sartre”, a pesar de arrastrar un poco la erre, va usted por buen camino. Hágase con una buena biblioteca y aguarde pacientemente a que sus libros se cubran de polvo. Juegue con su hijo regularmente y no descarte la idea de causarle algún pequeño trauma infantil: recomendamos un análisis de sangre a cargo de un practicante inepto.
       Cuando su hijo empiece a hablar con fluidez, enséñele a leer y a escribir usted mismo, en su propia casa. Alardee con moderación de sus logros, especialmente si su hijo está cerca y/o rodeado de amistades; lo último que queremos es que deje de percibir sus precoces progresos como algo sujeto a la necesidad. Léale adaptaciones de fragmentos de la Ilíada antes de irse a dormir. Dejamos a su elección el tipo de entonación, pero preferimos un timbre de voz dulce y profundo. Jamás permita que su hijo cierre los ojos con una historia a medio contar. Beso de buenas noches opcional.
    La educación preescolar ha de ser alternada con juegos y excursiones a la naturaleza. Regálele una bicicleta y absténgase de ponerle casco. Cuando le retire las ruedecillas de seguridad dígale que confía en él y que todo va a salir bien. Si se cae, ni se le ocurra ayudarle a levantarse. Si sigue la marcha sin dificultades, asienta levemente con la cabeza, pero ni se le ocurra felicitarlo. Abrácelo, como máximo, un par de veces al día. Su primer libro debe ser un diccionario. Rechace los “pinta y colorea”, que sólo sirven –en el mejor de los casos –para fabricar alumnos de Bellas Artes.
       Cuando el niño llegue finalmente al colegio, haga todo lo posible para que se siente en primera fila. Soborne al Director si es necesario. Infórmese sobre sus compañeros de pupitre, hágase íntimo de sus respectivos padres. Hable todos los días con su hijo sobre lo que ha aprendido en clase. A partir de este momento es importante que usted lea –o simule que lee, nos es indiferente– en el salón o cualquier otro lugar visible de su hogar. Cuando su hijo vuelva a casa del colegio, procure no levantar la vista del libro que sostenga entre sus manos hasta escuchar por tercera vez “¡Papá!” o similares. En todo caso, suspire como si le doliera en el alma interrumpir la actividad. 
       Espere un par de años antes de empezar a esconder monedas entre las páginas de los libros de su biblioteca. Preferiblemente en los de Salgari, Verne o Twain. Anime a su hijo a escribir cartas a la residencia para ancianos donde está su abuela. Corríjalas en su presencia, ponga énfasis en las tildes y las mayúsculas. Si su abuela no está todavía en una residencia envíela allí inmediatamente. Fomente una dieta rica en fósforo, azúcares y potasio. Enseñe a su hijo a nadar, dejando que trague un poco de agua. Dele disgustos a menudo, mostrándose vehemente o malhumorado un par de veces por semana. Primera visita al cementerio.
        Descúbrale los cuentos de Poe cuando cumpla doce años. Haga hincapié en la inconveniencia de que los lea antes de acostarse. Dígale que, después de todo, no ha sido una buena idea recomendarle ese libro. Prescinda de la fórmula “es para mayores”, que suele ser malinterpretada por algunos preadolescentes. Esconda las novelitas de género que puedan quedar en la biblioteca y haga lo posible por ocultar la existencia de Paulo Coelho.
       Lleve a su hijo al cine, pero es importante que acabe yendo él mismo, por su cuenta (preferible) o con amigos. Durante su adolescencia interrumpa la costumbre de dirigir sus lecturas o vigilar sus salidas. Rece para que se enamore. Si además es correspondido intente por todos los medios que la relación fracase. Aprenda a imitar la caligrafía de su hijo y escriba una carta fatal de ruptura para la chica (o chico, si tiene usted suerte) en cuestión. Si a partir de entonces se pasa las horas muertas encerrado en su habitación, regálele un equipo estéreo y algún disco de Elliott Smith. Volumen de la música: medio-alto. Revise sus cajones dos o tres veces por semana, comprobando si hay poemas escritos a mano en los márgenes de las libretas. Si los hubiera descorche una botella de champán y beba con moderación. No le comente nada al chaval. Su mujer puede brindar con usted si así lo desea.
    Háblele de política, pero sin mostrar excesivo entusiasmo. Envenénelo con teorías de ultraizquierda y/o ultraderecha, compórtese como un fanático si responde al tratamiento. Si no lo hace pruebe a confeccionar un mapa de rencillas familiares. Anímelo a tomar café por las noches, avive el insomnio. Algo habrá fallado si cumple los quince sin haber recurrido ocasionalmente a algún tipo de tranquilizante y/o ansiolítico. Si es fuerte de carácter, reduzca su paga semanal.
       Considere la nada desdeñable opción de internar a su hijo en un colegio privado. En caso de hacerlo, muéstrese comprensivo con sus nuevos hábitos, que podrían (deberían) incluir el consumo de tabaco y/o bebidas alcohólicas. Sea benevolente durante las vacaciones estivales. Su rendimiento académico, alto o bajo, no debe ser tenido en cuenta ni positiva ni negativamente. Fíjese más bien en su aspecto físico, en su forma de vestir –coqueta a la par que desgarbada, en el mejor de los casos–, en sus granos. Si lo juzgara inmaduro, oblíguelo a viajar a Venecia, París o Viena. Si ha alcanzado un notable nivel de madurez arréglele un empleo a media jornada, a ser posible en la Redacción del periódico local, y no deje de prestar atención a los siguientes

Indicios de progreso:
-Pérdida o encanecimiento del cabello.
-Humor inestable y/o cambiante.
-Masa muscular atrofiada.
-Gusto estético por los acantilados.
-Migrañas regulares, con o sin sudoración.
-Hostilidad hacia los autores/as de literatura popular.
-Delirios de grandeza.

Del mismo modo, procure corregir los siguientes

Signos de empeoramiento:
-Falta de ambición y/o autocrítica.
-Relaciones regulares con otros escritores/as de su misma edad.
-Excesivas muestras de admiración hacia escritores/as vivos/as.
-Gusto estético por los claveles.
-Falta de lápices convenientemente afilados en su habitación.
-Gran cantidad de amigos/as.
-Regularidad y esmero en el aseo personal.

       Si al cumplir los dieciocho su hijo todavía no ha escrito nada, es posible que usted haya fracasado. Enciérrese en su dormitorio y discuta con su mujer la posibilidad de ir a por el segundo. Repita entonces el proceso con pequeñas variaciones, cambiando, por ejemplo, la Ilíada por la Odisea. A su hijo mayor siempre podrá recluirlo en el hospital psiquiátrico más cercano. Vaya a visitarlo de vez en cuando y, llegado el momento, discúlpese, llore, gima. Desahóguese, buen hombre.
       Nunca olvide que los hijos escritores están sobrevalorados, y que resulta infinitamente más fácil –y más práctico– tener un hijo Arquitecto o Abogado.