miércoles, 13 de noviembre de 2013

EL PÚBLICO APLAUDE


Conviene resignarse: aceptemos de una vez que estábamos equivocados, que la tan ansiada (y nunca prometida) revolución ético-estética de nuestro siglo se ha materializado ya –¡y usted con estos pelos!– en forma de niñata semidesnuda sacando un inocentísimo porro de su bolso de Chanel mientras el público aplaude enloquecido –por cierto: ¿qué aplaude el público exactamente? ¿El gesto malote de Miley Cyrus? ¿La “osadía” de encender un peta en un espectáculo televisado? Uno ya no sabe–, el público aplaude, el público aplaude, el público aplaude… la estupidez, supongamos. Nada de qué extrañarse, oiga: si un juez puede expropiar sólo a medias (?) el palacete de los Urdangarín en Pedralbes, si una asociación de víctimas del terrorismo se permite sugerir a la propia Justicia que vaya contra la Ley, si al Gobierno le da por anunciar a bombo y platillo nada menos que la Salida de la Crisis (!), si el Papa ahora va de rojeras por la vida (y hasta accede a ponerse una nariz de payaso), y si –lo que es peor– todo esto es susceptible de ser aplaudido, a lo mejor tenemos que tomar nota de lo que sucede en Bielorrusia: hacemos un “Lukashenko”, prohibimos los aplausos, y que sea lo que Dios quiera. O algo.